En primer lugar, la actitud hacia el Padre, cuya voluntad es la misión primordial: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió " (Jn 4,34). Desde esta perspectiva, podemos entender cómo Jesús misericordioso se relaciona con los pequeños, con todos los que se acercan a él con la esperanza de recibir sus gracias. Además, su celo protector por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los marginados y los desprotegidos, era constante. Y la forma cariñosa de relacionarse con los niños, cuando los abrazaba y los bendecía, imponiéndoles las manos, indicaba su preferencia por los pequeños e indefensos. Incluso los presentó como un modelo de actitud al abrazar los valores evangélicos (cf. Jn 9, 46-48).. También era admirable la paciencia de Jesús con los apóstoles que, al principio, no se destacaban por nobleza de sentimientos. Ellos fueron convirtiéndose poco a poco, a través de la enseñanza del Maestro y su relación con Él. Todo esto se consolidó por el don del Espíritu Santo, transformándolos de manera radical, hasta el punto de ponerse al servicio del maestro y de su reino con valentía y sin miedo.
También podemos considerar que la gran ofrenda de su Corazón tiene lugar en la Eucaristía, el gesto supremo de Amor-donación: presente en nuestras Iglesias, día y noche, esperando donarse como comida y bebida, esto es , fuerza vital para nuestra vida, Amigo que nos acompaña en todo momento. Cuando en la Sagrada Eucaristía nos dejamos atraer por el acto redentor de Cristo, bebemos de la fuente de su Corazón abierto. Cuando nos encontramos con el Señor que se ofrece y se hace don para nosotros, nuestra respuesta solo puede ser una entrega personal y total a Él. La transformación, la conversión de nuestro corazón tendrá lugar, sobre todo en nuestro encuentro con el amor del Corazón de Jesús vivo y palpitante en la Eucaristía.
Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús